Siempre me digo que voy a escribir esto, porque el tiempo todo lo diluye y no quiero que de mayor te dejes de reír con lo panoli que es tu familia. La cosa ocurrió así.
Llevábamos contigo dos o tres días, no más. Ningún problema digno de reseñar. Nos adaptamos rápido los unos a los otros y las carencias idiomáticas las supliamos -las suplías- con gestos, que somos una familia la mar de expresiva.
En Shenyang, tu ciudad natal, estábamos alojados en el "Traders", un 5 estrellas bastante aparente. Aparte de desayunar, casi siempre cenábamos o comíamos en el restaurante del hotel, porque con 11 bajo cero y dos niños pequeños, no apetece mucho buscarse la vida.
Se podía desayunar hasta las 10 y a eso de menos cuarto aparecíamos por el comedor los cuatro occidentales -papá, Paula, la tía Bárbara y yo- con el precioso niño chino. Éramos la atracción, y nada mas ocupar nuestra mesa, algún camarero te cogía en brazos y te paseaba a lo largo de buffet para que eligieras lo que querías comer. Tu volvías con lo que entonces creíamos -infelices de nosotros- que era un desayuno chino común: un plato de tomates cherry y un vaso de leche, 3 rodajas de mortadela y sandía, o un huevo frito que sorbías de una manera bastante asquerosilla.
Al fondo del comedor había una especie de parquecito infantil con sus casitas y su pequeño tobogán. Y allí te dirigías tu cada día nada mas acabarte el desayuno.
La mañana de autos estabas encima del tobogán, y nos saludabas aparatosamente con la mano mientras gritabas:¡¡¡¡Nihao!!!...Y nosotros desde el otro extremo del comedor, agitábamos las manos y te respondíamos con cara de bobos:¡¡¡Nihao!!!!. Y así una vez, y dos, y tres, y hasta cuatro veces. Sobre todo papá y yo chorreando babas respondiéndote al saludo. Y después del "Nihao", otra vez te dirigiste a nosotros: ¡¡¡¡Weio pa!!!!....Y nosotros, vuelta a la cara de tontos, te respondíamos: ¡¡¡Weio pa!!!...y una vez, y dos y tres, y papá y yo venga saludarte con la mano mientras gritábamos en el comedor: ¡¡¡Weio pa!!!...
Entonces, un camarero se acercó a la mesa y dirigiéndose a papá le dijo en inglés: "Señor, dice su hijo que se hace caca".
Papá salió corriendo contigo al baño y a mi me quedo una sensación de ridículo de las peores que puedes tener. Desde aquel día, cuando cierro los ojos y recuerdo el hotel de Shenyang, siempre me veo gritando en el comedor: ¡¡¡¡me hago caca, me hago caca!!!. Y quiero que me trague la tierra, Juan.